martes, 12 de enero de 2016

Bergoglio Decepciona a Católicos Vascos

A cuatro años de la Conferencia de Aiete, a cuatro años del anuncio del cese de las actividades armadas de ETA, a cuatro años de que iniciase un supuesto proceso de paz en Euskal Herria... desde El Vaticano no se ha escuchado un solo llamado a Madrid o a París con respecto a la oportunidad que se ha abierto para el diálogo y la reconciliación.

Pero según nos dice este artículo publicado en Deia, Jorge Bergoglio alias Papa Francisco I ha optado por seguir en la senda de sus antecesores, los abiertamente fascistas Pío XI y Pío XII mandando un claro mensaje, él se pone la camiseta por Madrid, sí, esa Madrid borbónico-franquista donde desde 1939 gobiernan quienes son afines a las posiciones más retrógradas y anacrónicas de el catolicismo.

Lean ustedes:

Nuevo desaire para la Iglesia vasca

J. M. Rodríguez Chavarría
El nombramiento del obispo de Vitoria, en sustitución de monseñor Asurmendi por alcanzar la edad de jubilación, reitera el criterio que ha prevalecido en los últimos nombramientos de obispos para las diócesis de la CAV: se busca fuera de las propias diócesis a quienes han de liderarlas, desautorizando implícitamente a los que han estado sirviendo aquí a la institución contra viento y marea. Es el mismo caso de Iceta y Munilla, nacidos en Bizkaia y Gipuzkoa pero que salieron a formarse en otras sedes, en clara muestra de desafección a sus diócesis naturales. Volvieron con bastón de mando apoyados por el entonces todopoderoso Rouco Varela, miembro muchos años de la Congregación para el nombramiento de los obispos.

La decepción de muchos católicos vascos por la decisión papal no debe, con todo, centrarse en la responsabilidad de Francisco quien, por otro lado, es una figura ampliamente aprobada y apoyada en estas tierras.

La diócesis de Vitoria-Gasteiz, al fin y al cabo, es una más de las 2.845 diócesis que la Iglesia católica tiene en el mundo. Su dimensión supone algo más del 0,02% de los católicos del mundo. Pretender que el Papa dedique un tiempo que no tiene a analizar las distintas variables que en el nombramiento intervienen es sencillamente imposible.

Debemos mirar a sus hombres de confianza en el Estado. En primer lugar, el arzobispo Omella, nombrado en 2014 miembro de la poderosa Congregación para los Obispos, que propone los nombramientos al Papa, y designado un año después arzobispo de Barcelona. En segundo lugar, a los nombrados cardenales: el octogenario Fernando Sebastián y el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez.

Los hombres fuertes de la Iglesia española cambian, pero no los criterios y juicios con los que tratan a la iglesia vasca.

En la etapa anterior, el tándem Rouco Varela-Cañizares no dejaba lugar a dudas. Eran conocidas las posiciones ultraconservadoras del cardenal Rouco en lo doctrinal y su añoranza de un nacional-catolicismo al que ni siquiera el PP pudo satisfacer. Ya retirado, parece que ha sido un oponente activo y conspicuo a las tesis del Papa en el último Sínodo de la Familia. Fue el muñidor de los nombramientos de Iceta y Munilla como instrumentos de control a la Iglesia vasca.

En cuanto al cardenal Cañizares, todavía recientemente reiteraba una famosa tesis suya: la unidad de España es un bien moral a preservar por la Iglesia. Perfectamente suya y políticamente opinable, desde el punto de vista creyente (por cierto, ¿qué hubiera pasado si Setién o Uriarte o, por así decir, el arzobispo de Valencia, el lutxanatarra Olaechea Loizaga, hubiesen dicho que la unidad territorial de Euskal Herria es un bien moral a alcanzar por la Iglesia vasca?).

Es claro que al triunvirato actual le falta confianza en nosotros, lo que es particularmente doloroso en el caso de Blázquez, que fue muchos años obispo de Bilbao y tiene razones para conocer bien a nuestra Iglesia.

Pero también sabe por experiencia que la reacción a las sucesivas descalificaciones por la Iglesia española ha sido siempre la misma: poner la otra mejilla y seguir trabajando en coherencia con una fe en Jesucristo por encima de cualquier otra consideración y con una lealtad a la comunidad vasca por encima de todo tacticismo.

Las críticas a la Iglesia vasca
Es cierto que el proceso de secularización en el País Vasco ha sido posiblemente mayor que en otros lugares del Estado (aunque dentro de una corriente general que también sacude a todos los países europeos), pero se mantiene una proporción de creyentes mayoritaria (en Bizkaia, el 54% de la población), con un nivel de corresponsabilidad económica muy importante (que bien conoce Blázquez, ya que permite a la Iglesia española disponer de cuantiosos recursos aportados por los creyentes vascos a través del IRPF); un nivel de dinamismo pastoral reconocido y una destacada presencia social a través de Cáritas, centros de enseñanza diocesanos, numeroso voluntariado... Esa presencia se refleja también en los estudios de opinión realizados, que muestran un muy alto grado de valoración de la actividad de la Iglesia con los colectivos más desfavorecidos y un alto punto de cohesión de la institución entre los creyentes más comprometidos.

¿Cuál es entonces el problema? ¿Es precisamente ese dinamismo y esa fidelidad a la comunidad natural lo que suscita temores de pretender actuar con una excesiva autonomía? ¿Es el manido problema de una excesiva implicación en problemas políticos diferentes de los que considera convenientes la jerarquía española?

Es conocida la opinión de los psicólogos: los comportamientos basados en el temor a alguna amenaza percibida la hacen, paradójicamente, más probable. En este caso, las encuestas ya muestran una valoración de la Iglesia española notablemente más pobre. Y probablemente con decisiones como las que nos ocupa se generará mayor desafección.

¿Quizás sea momento de que los laicos vascos nos empecemos a organizar para corregir algunas injusticias económicas y, por otro lado, para tratar de evitar los intermediarios españoles actuales, cuyo comportamiento es, ciertamente, más pulcro en las formas que en el período anterior, pero tal vez por ello más peligroso?

Fiat lux! (Egin bedi argia!). Entretanto, bienvenido sea monseñor Elizalde. Para su estupefacción, trabajaremos lealmente con él como con todos los obispos que por aquí han estado. Pero esperamos que entienda que lo hagamos desde la cautela y la prevención. Volver a recomponer la confianza no será fácil y, sinceramente, creemos que les corresponde la carga de la prueba.







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