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miércoles, 12 de noviembre de 2003

Steinsleger | España... ¡Rediez!

Es el turno de José Steinsleger para hacer ver lo que el estado español realmente es, como ya lo han hecho en su momento Pedro Miguel y más recientemente Marcos Roitman. Y es que a Steinsleger no lo engaña ni Fernando Savater, tan querido por amplios sectores de la izquierda latinoamericana.

Aquí está su texto publicado en La Jornada:


España... ¡rediez!

José Steinsleger

Hay muchas Españas: la España con sexo y cáliz de Federico y Vallejo; la gelatinosa de El País y Felipillo; la de horca y hostia del castellano José María y la de Josemaría, el beato; la ultramontana de Vargas Llosa, Bush y Savater, y la de Euskal Herria, que no es España.

A los latinoamericanos, España legó lo mejor y lo peor del nacionalismo: el que se escribe con "c" y el que algunos piensan con "z", sin admitir el error: nacionalismo y "nazionalismo". Bolívar y Martí defendieron el primero; el liberalismo conservador el segundo y la izquierda perdida aún trata de entender el uso de la una y la otra letra.

Cuando en los siglos XVII y XVIII la ilustración americana, española por sus orígenes, se desligó del nacimiento de su nacionalidad y empezó a formar parte de la política de Inglaterra primero y de Estados Unidos y Francia después, eligió el tortuoso camino de negar y falsificar su propia historia.

La interesada y torcida voluntad historiográfica empataba con la primera traducción que los ingleses hicieron en el siglo XVII del libro de Bartolomé de Las Casas en defensa de los indios. La traducción fue respetada. Sin embargo, en la dedicatoria de la primera edición se invoca a Oliver Cromwell para "conducir sus ejércitos a la batalla contra la sanguinaria y papista nación de los españoles".

He ahí la madre del borrego y de las diatribas patrióticas de poetas como Alfred Tennyson (1809-92) en los momentos en que luchábamos por nuestra independencia: "Los reinos de España/ reino de los diablos/ y los perros de la Inquisición".

Ignoramos si Tennyson sabía de la insurrección de los comuneros contra Carlos V, que tantas enseñanzas introdujo en los primeros brotes democráticos de masas en América, o si confundía el absolutismo español con aquel mensaje proto-nacionalista que recibió el tenebroso Felipe II del conquistador Lope de Aguirre en 1561:

"Te aviso, rey español, que tus reinos de la India tienen necesidad de justicia y equidad para tantos y tan buenos vasallos como en ellos moran. En cuanto a mí y a mis compañeros, no pudiendo sufrir más las crueldades de tus oidores y gobernantes, nos hemos salido de hecho de tu obediencia y nos hemos desnaturalizado de nuestra tierra que es España, para hacerte aquí la más cruel guerra que nuestras fuerzas nos consientan... En estas tierras damos a tus pendones menos fe que a los libros de Martín Lutero".

El empeño del puritanismo anglosajón para revestir de fanatismo católico todo lo relativo a España, distaba de ser inocente o meramente poético. Ayer, lo que estaba en juego en América era el próximo desplazamiento del poder naval. Y hoy, a qué grupos económicos de la rapiña global, que vienen por todo, le entregamos la llave de nuestros bizcochos y recursos.

En 1986, año en que España se incorporó a la Unión Europea, las hordas del Cid volvieron a descender de las carabelas en nuestra América. María Catrileo Airemilla, una dirigente de los indígenas mapuches de Chile, dijo entonces: "Especialmente ahora que han regresado, se debería hacer que los españoles repararan en las matanzas y robos cometidos por ellos y sus descendientes".

Pero la España de Felipe González, aquel "camarada Isidro" que pocos años atrás lucía melena negra y vestía de pana, ya no representaba la España republicana y comunitaria, sino la de los mapaches que en Argentina, Chile y México parían huevos de serpiente por doquier. La "izquierda" felipilla eliminó la palabra "marxismo" de los estatutos del Partido Obrero Socialista Español y el uso de la aguja hipodérmica creció masivamente entre los jóvenes democráticos de la "transición".

En un viaje de Buenos Aires a Santiago de Chile, me tocó sentarme junto a un joven tecnócrata argentino que, en plática inevitable, festejaba el "pragmatismo" y la "eficiencia" de hombres como Felipe González y Augusto Pinochet.

El modelo español era referencial: "garantías" para la inversión extranjera; desgravaciones fiscales; flexibilidad laboral para la contratación de trabajadores; contratos temporales prorrogables sin que el trabajador acumulara nunca la antigüedad; contratos rescindibles sin mediar explicación alguna; despido libre e incentivado cuando la empresa emprendía hipotéticos planes de "reconversión"; subvenciones a empresas que contrataban y a los tres meses despedían a jóvenes que nunca habían tenido empleo; facilidades a las empresas que reconvertían su planta eliminando a los mayores de 55 años; exenciones fiscales a empresas que jubilaban anticipadamente a sus trabajadores...

-Sólo tengo una duda -dijo-. Si todo lo que hacemos es para bien del país y para superar el subdesarrollo amargo... ¿por qué el gobierno no mete "mano dura" contra los trabajadores que nos revientan un transformador de energía por semana?

-"Mano dura" -respondí- ya metieron: 30 mil desaparecidos. Y por lo que dices, fue en vano. Posiblemente, los trabajadores argentinos leen de otro modo el modelo español. 




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