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viernes, 28 de octubre de 2022

Egaña | Migraciones

Mucha atención a lo que plantea nuestro amigo Iñaki Egaña con este su texto, mismo que nos ha compartido en su página de Facebook:


Migraciones

Iñaki Egaña

La humanidad se encuentra en un cambio de paradigma, en una nueva encrucijada universal de la que no tenemos ni idea cómo saldremos. Somos 8.000 millones de hombres y mujeres en el planeta, una especie invasiva, el cambio climático anuncia el caos, las guerras por las fuentes energéticas se apilan y el capitalismo traspasa las puertas de una nueva fase cada vez más destructiva. Las migraciones se han disparado exponencialmente. No hay vuelta atrás. En 2020, según Naciones Unidas, 281 millones de personas vivían en un país distinto al que nacieron, el doble que en 1990, más del triple que en 1970.

Euskal Herria, es también destino de migrantes. Durante siglos, fuimos un país migrante, en tiempos en los que la pobreza extendida y el índice elevado de natalidad ejercían de señuelo para la salida. Seguimos las rutas del resto de europeos, primero colonizando y descuartizando pueblos originarios, y luego formando parte de las sociedades criollas, en sus estadios tan bien descritos por Marx. Bajo la tutela de Francia y de España.

Hoy, nos encontramos en una situación histórica inédita. Los registros de natalidad en nuestro territorio están, por diversas razones entre ellas la del auge del feminismo (la visibilización del 50% de la sociedad que hasta ahora estaba oculto), en los más bajos del planeta y el índice de calidad de vida es uno de los más altos de Europa, el mayor del Estado español. Cada año, nuestro consumo es el equivalente al de tres planetas. Para que la tierra no se vaya al carajo y equilibrar ese consumo desmesurado, en otras partes no llegan siquiera a un tercio de lo que les corresponde.

Nuestra esperanza de vida al nacer es la más alta de Europa. Gracias, entre otras cuestiones, a ese expolio sostenido que durante siglos hemos hecho, junto al resto del continente, de los que hoy enlatamos en las expresiones Tercer y Cuarto Mundo, los lugares donde la suya se derrumba y donde la pobreza atrapa a la mayoría de la población. Tenemos con ellos una deuda histórica estratosférica.

De aquella primera oleada de migración hacia nuestro país, la que convirtió a decenas de miles de jóvenes españoles en mineros en los montes de Triano, surgió, de la mano de Sabino Arana, el PNV. Había que preservar la “raza” vasca, el ecotipo que diríamos hoy en día. La segunda oleada llegó también de España, con motivo de la industrialización que convirtió a Bizkaia y Gipuzkoa en los territorios con un PIB exagerado en comparación con las provincias de la piel de toro. Entonces, sin una relación causa-efecto, surgió ETA. Y dejó su impronta en una reflexión que se ha prolongado hasta nuestros días, rompiendo el dilema migrantes/autóctonos: son vascos los que venden su fuerza de trabajo en Euskal Herria.

En 1981, un tercio de la población vasca del sur había nacido fuera de Euskal Herria (en el norte la migración, en este caso “pudiente” tiene que ver con otras cuestiones de clase también, y estuvo en el origen del nacimiento de Iparretarrak). No fue óbice, sin embargo, para conformar un corpus revolucionario y una experiencia organizativa y rupturista inédita en Europa. Así como de los tiempos de Arana reivindicamos también a Perezagua, de la Guerra del 58, nos han quedado centenares de mimbres. Txiki Paredes hace la síntesis de todos ellos.

Hoy, espoleados por falsedades difundidas por la derecha más extrema, se han vuelto a expandir mantras falsos y fakes. Que si nos quitan los puestos de trabajo, que si los salarios se reducen porque aceptan cualquier sueldo, que si son la base de la delincuencia. Mentiras asociadas a un concepto de propiedad, el del territorio, ligado a su vez al de clase. Crónicas rellenadas de típicos tópicos que inciden en la paja del ojo ajeno, y evitan citar la viga en el propio.

Las migraciones del siglo XXI no tienen que ver con las anteriores que recibió Euskal Herria. Hoy son movimientos de un planeta que se agota. Aunque hay un rasgo definitivamente unitario. Entre los que cruzan el Bidasoa, Río Grande, o saltan las vallas en Melilla o el muro de acero en el rio Evros, entre Grecia y Turquía, hay una cuestión histórica: la supervivencia. No morir de hambre. Y en un medio planetario suficiente para alimentar y repartir la riqueza, la humanidad se balancea, desde siempre a la búsqueda del confort alimentario y social. Así de simple.
Por eso me ofenden esos llamados a cerrar nuestras puertas, esas invocaciones a la pureza aranista, esas convocatorias a la defensa numantina de nuestra tradición, argumentos que durante décadas sirvieron para mantener a la mujer, ama de casa, en la cocina. Me ofenden sobremanera esas críticas a la falta de debate, cuando en realidad se debería decir a la falta de debate en las coordenadas que interesan a aquellos que dan más valor a un pasado nostálgico que al presente que nos arrolla. ¿Para cuándo ese debate sobre los migrantes parásitos, esos empresarios y buitres que llegaron a Euskal Herria para hacerse con nuestro patrimonio, con nuestras empresas, con los sillones de nuestros bancos e incluso con nuestra tierra?

Hemos sobrevivido en medio de conquistas, guerras y derrotas, gracias a la capacidad de integrar en nuestra comunidad al diferente. Y el diferente también nos ha contaminado. El euskara se mantiene modernizado, tras incorporar hace dos mil años, la mitad de su vocabulario del latín. Hoy, nuestro proyecto debe de convencer al que llega huyendo del hambre o de la guerra, y hacerle partícipe del mismo.
Porque no hay que olvidar, la migración tiene un gran componente de clase. Y por eso me siento más cerca de Ibrahima Balde, que compartió letras con Amets Arzallus, que de Josu Jon Imaz, de los trabajadores de Huerta de Peralta que de Isabel Busto, la presidente de Confebask. Quienes cuidan a nuestros mayores son migrantes, al igual que los que recogen las viñas de la Rioja alavesa, los arrantzales que salen a por el bonito, los que limpian nuestras carreteras… No hay otra que, nuevamente, reconvertir Euskal Herria.

 

 

 

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