martes, 1 de enero de 2013

Interrogante


Iniciamos el año compartiendo este texto de nuestro amigo Iñaki Egaña:

¿Qué hacer?
Iñaki Egaña
No aspiro a ser  pretencioso con semejante título. También intentaré no parecerlo. Únicamente  deseo aportar una ligera reflexión a un año que se presenta quizás con menor  impulso que el superado. Alguien marcó con un círculo rojo el 2012, como un año  especial. Lo fue pero, probablemente, no colmó las expectativas que habíamos  puesto en él. Por eso abordamos 2013 con otro tiento. Vamos  aprendiendo.
No se fue 2012  hartando el horizonte previsto. Quizás porque llevamos muchos años esperando  para abrir de par en par la puerta a la esperanza.
Cualquier destello nos anima  a concebir ilusiones, como no podría ser de otra manera, mientras que el sonido  de los cerrojos nos colma de  zozobra.
La semana pasada,  quiero traerlo a mis notas, en el acto organizado conjuntamente por Goldatu y  Euskal Memoria sobre el Proceso de Burgos, la familia de Roberto Pérez Jáuregui,  muerto por la policía en las protestas por la farsa franquista, leyó un texto en  recuerdo del fallecido: "ha valido la pena, a pesar de que, en nuestro caso, el  precio pagado haya sido tan  alto".
Esa es precisamente  la esperanza y la decepción, que va y vuelve, que se apega a nuestra epidermis  con ardor. No puedo menos de arrimarme a tiempos pasados, muy cercanos, hace  apenas cinco años cuando la brújula no dejaba de balancearse. Es difícil  reflexionar con frialdad cuando las salidas están copadas, cuando la inercia se  ha adueñado del escenario. Pero en política se exige efectividad, pragmatismo. Y  lo hubo.
Es cierto que el  pragmatismo está reñido con la utopía. Pero necesitamos de ambos. En esta pugna  entre lo posible y lo imposible, hemos mantenido el barco de la contienda, con  la cabeza bien alta, por cierto. A un precio, como decía la familia de Pérez  Jáuregui, muy alto. Esa debe de ser la tarea más urgente. Descargar el coste  humano de un proyecto que sigue  adelante.
En un proceso  unilateral, como el actual, los pasos en esa dirección son inciertos. Pero  nuestro compromiso debe crecer. ¿En qué dirección?, me preguntarán cuando se ha  hecho de todo y hemos sido capaces de llenar Bilbo en la mayor concentración  vasca del siglo XXI. Aunque la audacia es un arma de doble filo, audaces  deberemos ser para mover a un paquidermo como el español y a otro como el  francés que se escuda cómodamente en el de  Madrid.
Se dirá, asimismo,  que hace cinco años, cuando comenzó el viraje a la nave, el pragmatismo venció a  la utopía. El tiempo marcará interpretaciones. 
Creo que la utopía sigue vigente,  intacta en  la versión que más nos atrae.
Por la que luchamos. Y aunque a veces  confundamos utopía con sueño, es saludable sorprender a la  apatía.
Por eso, los nuevos  espacios arrancados, tanto al enemigo como al adversario, deben de ser pugna  permanente entre ambas cuestiones. Se pueden gestionar presupuestos, ordenar  carreteras, conceder ayudas al desarrollo desde una óptica revolucionaria.  Porque revolucionario es el proyecto que pone en entredicho un sistema  centenario como el que nos atenaza. En la medida que su objetivo sea  tumbarlo.
Hace poco más de  40 años que una generación de oro, tomando un poco de aquí, otro poco de allá,  lustrando nuestro pasado más digno y arrojando a la basura el más vergonzoso, se  atrevió a modificar en una apuesta que parecía tan osada como la de los  iluminados medievales. Pero funcionó, a pesar de los augurios. Y a pesar del  enemigo.
Txabi Etxebarrieta  fue quien firmó aquella frase que decía que todos debemos dar un poco para que  unos pocos no lo tengan que dar todo. No quiero, sin embargo, recostarme en su  reflexión, obvia por otro lado, sino en la de su hermano José Antonio, en un  artículo que publicó en la revista Zutik, órgano de ETA. "¿Qué tenemos que  hacer?". Y si clásicos como Lenin y Mao Zedong, al margen de otros que no  acierto ahora a recordar, se hicieron la misma pregunta, y la contestaron, por  supuesto, Etxebarrieta cayó en la misma tentación. Y créanme si les digo que sus  reflexiones tendrían hoy  vigencia.
Previamente partía  de una constatación que se me hace familiar al oído a pesar del tiempo  transcurrido. 
Permítanme la cita: "Nos hallamos en una posición totalmente  particular, estamos rodeados de enemigos y no hay ninguna fuerza interesada en  apoyarnos. Incluso algunos, que puedan creer en que algunos movimientos de  izquierda puedan ayudarnos, no deben olvidar que estas fuerzas están mucho más  interesadas en colocar a amigos suyos en Madrid y París, y aun en el caso más  favorable no pasarían de ayudas morales. Nosotros somos los kurdos de Europa,  con el inmenso lastre de la industria y la banca  capitalistas".
No somos  kurdos, pero algo de ello hay. Con el salto del tiempo, de generaciones y, sobre  todo, con el cambio en la línea táctica de abordar políticamente la reversión  histórica al conflicto, la cuestión vasca y la kurda se distancian. Sin embargo,  el enemigo sigue siendo del tamaño del kurdo, unos estados con una tradición  heladora, capaz de matar por honor, de justificar por dinero y de exterminar, al  menos históricamente, por un pedazo de tierra.
Tenemos un pasado, lejano y  cercano, que no podemos evitar y que, al margen de su interpretación, nos ha  agrandado como país. Nadie ha reivindicado una arcadia feliz, un paraíso  terrenal, sino un mundo más justo, solidario y especialmente propio. En esa  aldea global en la que nos hemos convertido, la especificidad y la defensa de lo  nuestro, en el sentido más amplio, tiene que ser  prioridad.
De ese pasado,  vuelvo a reseñar que lejano y cercano, que nos ha moldeado como somos incluso  políticamente, debemos mantener una de las piezas fundamentales de cohesión: la  honestidad. Es el gran aporte de la izquierda abertzale a la historia de los  últimos 50 años, en medio de sus dos muros de contención naturales, el  jelkidismo (PNV) y el socialismo  (PSOE).
Sin teoría  revolucionaria no hay movimiento revolucionario. Lo escribió Lenin pero lo pudo  haber dicho Perogrullo. También dijo aquello de la vanguardia y el partido, algo  que quizás hoy se tambalea. Es una de las claves para el futuro. Desterrar de la  teoría revolucionaria clásica lo  inservible. 
Algo que, y no  quiero ser cansino con las citas de José Antonio Etxebarrieta, ya avanzó en el  texto narrado: "Nosotros, (en referencia a ETA) solamente somos un núcleo  concienciado del pueblo, nacido de él y en él. Nuestra tarea es una y sólo una:  dar conciencia al pueblo de sus necesidades, enseñarle quiénes son sus enemigos,  para que él haga su  revolución".
Esta  construcción teórica, aunque pueda resultar paradójica, debe tener un respaldo  práctico. La entrada en instituciones de cualquier tipo permite hacer otro tipo  de política. Y se debe de hacer. Pero siempre con las perspectivas expuestas. La  disputa ideológica, a veces no nos damos cuenta de ello, se encuentra como el  oxígeno, en todos y cada uno de los apartados de la  vida.
Una circunstancia  descuidada en los últimos tiempos. La lucha armada ha servido para agudizar  posturas, para llevar a los extremos amigos y enemigos.
Sin ella, las estancias  se hacen permeables y, en ese nuevo escenario, la sociedad televisiva, la  desidia, el individualismo, tienen un caldo de cultivo más extenso. Con un nivel  propio semejante al de 2012, la pelea ideológica tiene un futuro, desde  posiciones rupturistas, muy negro. Y perdón por la  expresión.
2013 será un año  sorprendente, como todos. Nuestra fuerza política y los movimientos de enemigos  y adversarios, los segundos susceptibles de aliarse a un proyecto de  emancipación, marcarán su desarrollo. Llegarán, como siempre, momentos de mayor  ilusión y, también, de desasosiego. Nunca hay, sin embargo, un punto y final,  una consecución de esos logros marcados ayer o hace cien  años.
Quiero, en esta línea,  concluir con una nueva cita, la tercera de este artículo. Quizás las comillas me  pierdan el fondo del escrito, pero deseo traer aquella reflexión que dejó Che  Guevara a sus hijos, ese testamento apresurado: "Recuerden que la Revolución es  lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean  siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra  cualquiera en cualquier parte del mundo".



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