sábado, 20 de octubre de 2012

Los Dineros


Una pluma al servicio de la metrópoli nos avisa que la recuperación de la soberanía pasa por el chantaje y la extorsión, lean ustedes este texto publicada en La Vanguardia:


Juan José López Burniol
Francisco Navarro Villoslada, también navarro por origen, fue un escritor y político inicialmente liberal y de acendrado catolicismo, que pronto buscó y halló refugio en el carlismo. Autor de varias novelas, destaca entre ellas Amaya o los vascos en el siglo VIII, que ha ejercido profunda influencia en el País Vasco y ha sido profusamente reditada hasta hoy. Unamuno reconoció la impresión que le produjo, de joven, su lectura. Fue concebida por su autor tras la segunda derrota carlista, en plena crisis política del País Vasco. Recrea el mito de Aitor y da vida, dentro de los cánones del romanticismo, al clima social y político en el que se erigió la primera monarquía navarra: la de los vascos en el siglo VIII, que asumió y lideró la lucha cristiana contra el islam. En su novela, Navarro le hace decir al godo Ranimiro, dirigiéndose al caudillo vasco: "Si Dios quiere que se salve la cristiandad en España a vos será debido". Eso mismo pensaba el caudillo vasco: "Todo se arreglará. Hay un Dios en el cielo y un pueblo vasco en la tierra... Dios para disponer y nuestro pueblo para ejecutar". Quince años después, Sabino Arana justificaba así la necesidad de independencia de su pueblo: "Bizcaya dependiente de España no puede dirigirse a Dios, no puede ser católica en la práctica". Más tarde remacharía la idea: "Salvar a nuestros hermanos proporcionándoles los medios adecuados para alcanzar su último fin: he aquí el único y verdadero (objetivo) del nacionalismo (...). Se trata de salvar almas (...) y entendedlo bien: si en las montañas de Euskeria ha resonado por fin en estos tiempos de esclavitud el grito de independencia, sólo por Dios ha resonado". Dos mensajes mesiánicos de los que se desprende la superioridad del pueblo vasco. "Sin embargo -escribe María Cruz Mina-, mientras para Navarro Villoslada Dios encomienda a los vascos la misión de salvar a unos godos corrompidos por la amenaza del islam e iniciar la construcción de la monarquía católica española, Sabino Arana, por contra, cree imprescindible independizar a Euskadi de la corrupta España para salvar las almas de los vascos".
Seguramente el tema de la salvación de su alma no sea hoy prioritario para los vascos. Pero sí se aprecia en muchos de ellos igual conciencia de superioridad respecto a los españoles. Así, la profesora Laura Mintegi, candidata a lehendakari por Bildu, mujer de buen estilo y maneras discretas, dice -en su respuesta a un periodista sobre las causas del auge del independentismo- que "lo que también pasa es que los vecinos que tenemos cada vez son más impresentables, hasta el punto de que nos hacen sentir vergüenza ajena". Así las cosas, quizá sea llegada la hora de que estos vecinos impresentables y que provocan vergüenza ajena -los godos- se pregunten si vale la pena mantener una situación tan depresiva para ellos como esta, que, además, puede que les cueste dinero. "Cornuts i pagar el beure", se dice en catalán. Porque se va extendiendo la idea de que, gracias al privilegio exorbitante que supone su concierto fiscal, los vascos no aportan la debida "contribución a todas las cargas del Estado que no asume la comunidad autónoma", razón por la que tal vez sería hoy un éxito -como lo fue Amaya en su tiempo- un libro que publicase lo pagado por el País Vasco en el último medio siglo, junto a la estimación aproximada de la contribución que hubiese resultado justa. Y no se diga que este cálculo es imposible. Lo que no ha habido jamás -ni hay hoy- es voluntad de transparencia, por tratarse de unos números impresentables. Y no se objete que este privilegio del antiguo régimen -que es lo que es el concierto- está blindado por la disposición adicional primera de la Constitución, pues, pese a ser así, ello no supone que una posición de desequilibrio contractual permanente deba mantenerse con carácter indefinido en beneficio siempre de la misma parte. A las obligaciones indefinidas antes o después hay que señalarles término, aunque sean contractuales.
Doy por descontado que el triunfo de los nacionalistas vascos será mañana espectacular. Y aventuro que es posible que los sectores independentistas radicales promuevan de inmediato alguna iniciativa parlamentaria a favor de la separación de Euskadi. En vista de ello, la respuesta española no debería ser ni de sorpresa ni de escándalo. Debería asumir un desenlace que es la culminación de una historia anunciada, aunque nunca se haya querido reconocer. Y, para ello, debería admitir que "los vascos y vascas" -como ellos suelen decir- decidan, en votación democrática, si quieren o no seguir en España, en el bien entendido de que, si optasen por seguir, debería someterse a profunda revisión el concierto económico que actualmente distorsiona, de forma insostenible y radicalmente injusta, el sistema de financiación del Estado. Por consiguiente, españoles si quieren y no han dejado mayoritariamente de serlo, pero no a cualquier precio.


Mientras tanto, la desquiciada Rosa Díez invita a los vascos a buscar refugio en UPyD, su humor va de negro a tétrico.



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