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lunes, 6 de febrero de 2023

Los Vascos del 'Far West'

Les presentamos este reportaje de Naiz acerca de la migración vasca a los Estados Unidos y la conformación de la diáspora vasca en el oeste estadounidense.

Disfruten la lectura:


La huella de los pastores vascos en el Far West americano

Pello Guerra

Como un «álbum de recuerdos especial» es presentado el libro ‘La huella navarra en el Far West. Historias gráficas de pastores vascos en América’, publicado por el Gobierno de Nafarroa y que pretende ser un «homenaje a la figura del migrante».

Jóvenes vascos procedentes de zonas que montaña que durante al menos tres años llevaban una vida de soledad y ciertos riesgos dedicada al cuidado de ovejas en el Oeste de Estados Unidos, procurando mantenerse ligados al idioma y las costumbres de su tierra. Esas personas y su recuerdo son el eje de este libro, que recopila más de 150 imágenes, acompañadas de breves textos explicativos que dan cuenta del fenómeno migratorio de los pastores vascos.

La emigración vasca a Estados Unidos vivió un importante flujo en la segunda mitad del siglo XIX, con más de 4.000 emigrantes entre 1840 y 1874 solo en la zona noroccidental de Nafarroa. Los vascos acudían a California al reclamo de la llamada ‘fiebre del oro’. Uno de ellos, Domingo Etcharren, carnicero bajonavarro de Baigorri, tuvo la fortuna de descubrir en 1904 una gran veta de oro en Death Valley, en el desierto de Mojave, junto al minero irlandés Jack Keane.

Otro momento destacado del fenómeno migratorio se produjo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando California vivió una época de intenso desarrollo económico, junto a un proceso de traslado de trabajadores agrícolas a las ciudades y el consiguiente aumento de la demanda de productos, entre ellos los derivados del sector ovino. Esta circunstancia abrió un nuevo periodo de llamadas a trabajadores de Euskal Herria para dedicarse al pastoreo, según se señala en ‘La huella navarra en el Far West. Historias gráficas de pastores vascos en América’.

A esas llamadas se sumaban otros motivos que empujaban a los vascos a emigrar a EEUU, como el servicio militar obligatorio, las escasas oportunidades laborales, la figura del mayorazgo, la represión política y el ejemplo de los que regresaban a casa enriquecidos tras su experiencia americana.

Esa atracción por emigrar a Estados Unidos se hizo especialmente patente en valles navarros como Aezkoa, Baztan-Malerreka, Erroibar, Bortziriak y Artzibar. Por su parte, el 79% de los migrantes de Ipar Euskal Herria procedían de Nafarroa Beherea y el resto eran mayoritariamente vizcainos. A todos ellos se les conocía en EEUU como ‘basques’.

Ese doble momento migratorio hizo que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX en torno a 68.000 personas emigraran de Nafarroa y más de 100.000 lo hicieran en las seis primeras décadas del siglo XX, lo que representaba más de la mitad del crecimiento natural y lo que provocó que algunos valles se vieran afectados por la despoblación.

Sistema de contratación

En la fase migratoria de la segunda mitad del siglo XX, la Western Range Association de Fresno era la principal agencia de contratación de los pastores vascos. Comenzó su actividad en los años 50 y entre 1957 y 1970, el 95% de las solicitudes de trabajo que gestionó procedían de Nafarroa y Bizkaia.

Por su parte, tres empresas se encargaban de gestionar los billetes, trámites y demás papeleo para realizar el viaje. Entre ellas destacaba la agencia de las hermanas Ana María y María José Marín en Iruñea y Elizondo. A través de ella se hacía llegar la demanda de pastores desde EEUU y se gestionaba la contratación, que solía ser por un periodo mínimo de tres años, y el viaje. E incluso mantenían el contacto entre familias de uno y otro lado del Atlántico.

¿Cuál era el destino de estos emigrantes? Principalmente terminaban recalando en California, Nevada e Idaho, y en menor medida en Arizona, por ejemplo en Casa Grande, y Wyoming, en Rock Springs. En el primero de esos estados, se asentaron en la ciudad de San Francisco y pequeñas localidades como Bakersfield, Chino, Fresno o San Joaquín. En Nevada, se instalaron en lugares como Reno, Carson City, Gardnerville, Winnemucca o Elko.

Una vez en su destino, iniciaban una vida que no era nada fácil. Desarrollaban su labor en un espacio vital a la intemperie y sin presencia humana en kilómetros a la redonda. Solían vivir en el llamado carrocampo o ‘sheep wagon’, una especie de caravana para pastores, y sobre el terreno se solían mover a caballo o en moto.

Se tenían que enfrentar a peligros como el oso, el coyote y las serpientes de cascabel. Por ejemplo, Ignacio Marmaun, de Oronditz, en su primer año como pastor, mató 17 serpientes de cascabel con un palo.

Aunque lo más duro era la soledad, ya que pasaban semanas sin ver a nadie hasta que llegaba el campero, la persona que se encargaba de llevarles vituallas y suministros. Algunos no lo pudieron soportar y, según asegura Pedro Mari Murillo, tres pastores se suicidaron en un año.

Una manera de sobrellevar esa existencia era intentar mantener algún tipo de vínculo con su tierra de origen a través de otras personas que también habían emigrado a Estados Unidos. Así, a través de las Euskal Etxeak buscaban conservar un sentido de identidad y pertenencia a una colectividad. De hecho, los que terminaron asentándose en tierras americanas se esforzaron por transmitir el euskara y el folclore a sus descendientes.

En inculcar la cultura vasca a las siguientes generaciones, destacó el papel de la mujer, que tenía un papel específico en el fenómeno migratorio de los pastores vascos, según se recoge en el libro. Era habitual verla regentando pensiones y hoteles específicos para emigrantes vascos. Aprendían inglés con más frecuencia que los hombres, eran claves en la transmisión del euskara y dinamizaban las asociaciones vascas en EEUU.

Si se realizaba ese esfuerzo por mantener en América los vínculos con Euskal Herria, los vascos que regresaron de Estados Unidos también procuraron preservar las relaciones forjadas en el Far West, de tal manera que han perpetuado la memoria de esas vivencias en asociaciones como Euskal Artzainak Ameriketan, con sede en Lesaka; Elutseder, radicada en Erro, o Iratiko Bortuak, asociación vinculada a Aezkoako Kultura Elkartea.

Algunos de los que volvieron, posteriormente regresaron a tierras americanas, aunque, al igual que los que se habían quedado, procuraban buscar oficios con unas condiciones menos duras que la vida del pastor. Así, muchos terminaban en la construcción, la carpintería, la jardinería, el transporte de mercancías, la agricultura, el sector lácteo o la hostelería.

A muchas de esas personas que vivieron la experiencia americana de manera pasajera o incluso definitiva se les puede ver en las más de 230 páginas del libro ‘La huella navarra en el Far West. Historias gráficas de pastores vascos en América’, escrito en castellano y euskara, y que cuenta con un apéndice en inglés.

Incluye además un anexo con más de 1.300 registros de personas navarras emigradas a Estados Unidos procedente de la base de datos que utiliza Laia Ikerketa Taldea, que ha aportado el material que ofrece la obra y que procede de un trabajo más amplio, todavía en curso de realización, que está llevando a cabo ese grupo de investigación sobre la emigración navarra a EEUU a partir de la segunda mitad del siglo XX.
El libro, que cuenta con una edición especialmente cuidada y que se puede adquirir por 20 euros en la tienda del Fondo de Publicaciones del Gobierno de Nafarroa, permite acercarse a aquellos vascos que «emprendieron la búsqueda de un mundo mejor lejos de su tierra, en aquel árido Far West convertido en mito por la literatura y el cine».

 

 

 

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