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martes, 22 de octubre de 2019

El Despertar del Gigante

La chispa se ha encendido y mientras en países como Nicaragua y Venezuela se lucha en las calles para evitar un golpe de estado por parte de los sectores reaccionarios apoyados por Washington, en países como Haití, Ecuador y Chile el fervor es de signo contrario y busca canalizar la indignación hacia un movimiento social que lleve al derrocamiento de los regímenes serviles al servicio del neoliberalismo.

Dicho lo anterior, les invitamos a leer este artículo publicado por La Direkta:


Henry Córdoba

2019 pasará a la historia como el año en el que los países de la región, como Ecuador y Chile, despertaron para cambiar el ajedrez político desde los movimientos sociales y la insurrección popular, enfrentándose a modelos que perpetúan el neoliberalismo (impuesto por la banca internacional y transnacionales), el conservadurismo político y cultural y el autoritarismo (de gobiernos, policías, militares y antimotines), luchando por derechos sociales y políticos, y a su vez, dibujando proyectos alternativos y de cambio.

Pero entremos en detalle.

Los desencadenantes

En Ecuador, Lenin Moreno, cumpliendo con las peticiones del FMI, anuncia a comienzos de octubre de 2019,” el Paquetazo”, conjunto de reformas económicas y laborales, además de subidas de impuestos que afectan a los sectores populares y medios del país. Su primer efecto fue el encarecimiento de los combustibles en un 123% y masivas protestas en Quito, que llevaron a que la declaración de estado de excepción y a la cobarde medida de trasladar el gobierno a Guayaquil. El pueblo no cedió y el país amaneció sin transportes, vías cortadas y centenares de personas en las calles. El gobierno siguió con la represión y la censura, pero esto no detuvo a los más de diez mil indígenas que marcharon a la capital. Cinco muertos y más de quinientos heridos, para que Ecuador estuviera una semana en llamas y con el gobierno en jaque, hasta que cedió y tuvo que sentarse a negociar con los sectores sociales.

El caso más reciente ocurre en Chile. Todo comenzó a mediados de octubre, con el anuncio de un alza del 30% en la tarifa del metro de Santiago, el más caro de América Latina. Y no solo eso: alzas en los costos de la salud y pensión; servicios públicos privatizados y encarecidos, empezando por el agua; y una profunda desigualdad en el país a pesar de su economía “estable y en crecimiento”. Ante esto, los más jóvenes protestaron en Santiago, organizando colatones masivas y protestas. Con el anochecer, vinieron los incendios y saqueos. Sebastián Piñera, presidente y uno de los hombres más ricos de Chile, con una fortuna de más de dos mil millones de dólares, decreta estado de emergencia y toques de queda por primera vez desde el golpe, militarizando el país y siendo el responsable de agresiones, torturas, violaciones y desapariciones, las cuales son desafiadas con cacelorazos en varias ciudades y música de Los Prisioneros. A 22 de octubre, se cuentan más de 42 muertos, 12 mujeres violadas y 121 desaparecidos, de acuerdo con la Comisión Interamericana de DDHH y todo parece que la guerra declarada por Piñera contra el pueblo, tendrá que ceder.

A lo anterior se suman las protestas en Honduras, que exigen la salida de Juan Orlando Hernández, en rechazo al patrocinio de narcotraficantes para llegar a la presidencia; en Argentina, en contra de Mauricio Macri, que al igual que Piñera es multimillonario y arrodillado al FMI; en Haití, víctima de la mano perversa de los gringos y europeos con sus élites locales corruptas; en Brasil, en contra del fascista Bolsonaro, su afán depredador en el Amazonas y su violencia contra las minorías y los más pobres; el cierre del congreso en Perú, avalado por la población al ser éste un congreso que mandó a la basura los intentos de reformas anticorrupción. Y quizás con el referente de los Chalecos Amarillos, que, aunque europeos, salieron a las calles a manifestarse durante meses en contra de otro títere, que quería aumento de combustibles y reformas laborales, Macron. Cabe decir aquí que la situación en Venezuela merece un examen detallado y propio.

¿Por qué tanta insatisfacción? Las características de la protesta

Luego de lo sucedido a comienzos de siglo, el FMI regresa a Latinoamérica sometiendo a los gobiernos de la región a las reglas para sus préstamos, que se traducen en reformas laborales y pensionales, para destruir las clases medias y continuar la precarización del trabajo. También habría que considerar los coletazos de la crisis económica de los 2000s; el extractivismo y la destrucción del medio ambiente; el desborde de la corrupción y el cinismo de las élites políticas en alianza con banqueros, militares, grandes medios de comunicación y transnacionales; la guerra comercial imperialista entre China y Estados Unidos, con el subsecuente aumento de los precios del dólar y los combustibles.

El despertar latinoamericano se ha caracterizado por ser anticapitalista y anti-neoliberal, luchando por sus derechos y su autonomía; con una gran participación de jóvenes y los sectores sociales afectados (pensionados, desempleados, indígenas); conectado a las luchas contemporáneas, como los diversos feminismos y ambientalismos; popular y desligada de partidos políticos que encarnan corrupción, lo que hace posible nuevos y diferentes liderazgos; se vale de medios y mecanismos alternativos de lucha para superar la violencia policial y la censura de los grandes medios; y ante todo, consciente y solidaria ante los desmanes contra el pueblo.

Aunque esto se puede resumir en una sola palabra: SALE A LA CALLE Y REALIZA ACCIÓN DIRECTA. 

 La respuesta de los gobiernos de la región ha sido tan calcada como las medidas exigidas por el FMI. La periodista Fernanda Paúl de la BBC, la denominó como “tecnocracia y represión”. Tecnocracia, al valerse de comisiones técnicas y de “expertos”, de la burocracia, de la norma, de la ejecución política, que no resuelven la situación a menos que sea para mejorar la “favorabilidad del gobierno”. Represión, encarnada en violencia machista o patriarcal, como la del policía o militar, uniformado como robocop agrediendo a los civiles, pero también la del político de raza blanca y en corbata haciendo negocios y firmando contratos a puerta cerrada. Lo que tenemos en América Latina es un “revival” de la “cultura del shock” descrita por Naomi Klein, para evitar la confrontación por la hegemonía política donde los gobiernos neoconservadores y neoliberales hacen uso del autoritarismo para enfrentar proyectos pluralistas de cambio y de resistencia.

¿Y Colombia?

Que hasta el momento en Colombia no haya sucedido un estallido amplio y popular como el de Ecuador y Chile, no quiere decir que vaya a suceder tarde o temprano. A menudo, la historia y los levantamientos nos dicen que son impredecibles. Sin embargo, desde que comenzó el primer día del gobierno de Iván Duque, nunca han cesado las movilizaciones.

En Colombia no hay que buscar un desencadenante ya que la realidad del país propone una agenda desde la cual pelear: propuestas de reforma laboral y pensional, como la nociva medida de la eliminación del régimen de prima media; aumento de las tarifas de la luz y otros servicios públicos; impuestos bajo la figura de la Ley de Financiamiento; corrupción e impunidad en las cabezas del gobierno; cortinas de humo mediáticas, como el caso venezolano. De hecho, los últimos hechos de movilización corresponden a eso, aún con sus propias dinámicas, como el rechazo a la violencia policial y la exigencia de aumento en el presupuesto a la educación por parte de los estudiantes, pero también la defensa de la implementación de los Acuerdos, donde el país se manifiesta para proteger a los líderes sociales. Por tanto, no es extraño que se busque limitar la protesta social en el Congreso y que se haya declaraciones tendenciosas donde se menciona la infiltración de venezolanos, guerrillas o disidencias, cuando en realidad, ocurren desde la fuerza pública para destruir bienes públicos y realizar detenciones arbitrarias a manifestantes.

 Desde abajo, en Colombia la chispa está a punto de encenderse.

 Reflexiones finales

Hace una década, la “Primavera árabe” llevó a luchas significativas y momentos de cambio en países como Egipto, Túnez, Marruecos y Siria. Las manifestaciones en las calles y el uso de redes sociales fueron dos de sus características, pero también se debe tener en cuenta que en algunos casos después de la primavera, algunas naciones degeneraron en regímenes autoritarios. Latinoamérica debe encontrar sus propias medidas para enfrentar el peligro que representa la derecha neoliberal y neoconservadora aliada con los militares y las transnacionales, luego de que en la región se siente el cambio y que éste es muy difícil de detener.

De ahí que sea importante a escala más general, apoyar las luchas progresistas y alternativas, que protejan los derechos y el bienestar de las mayorías, capaces de formular proyectos de nación distintos a los impuestos por el neoliberalismo y que orienten la región a una integración diferente consigo misma y el resto del mundo.  En una escala más pequeña es vital protegerse y encontrar recursos para defenderse: uso de medios alternativos de comunicación para eludir la censura; denunciar la militarización de la sociedad, expresada en situaciones de violaciones de Derechos Humanos y de abuso policial; convocatorias masivas y espontáneas en la calle, capaces de vincular a personas de todas las edades y condiciones sociales; organización en todos los niveles, en el barrio, trabajo, colegio o universidad; además de formas creativas para expresar insatisfacción, como se han visto que van desde componer canciones de reggaetón y poesías hasta intervenciones artísticas en plazas públicas.

Aunque cientos de imágenes del despertar de la región han circulado por redes en las últimas semanas, quisiera cerrar con dos: la primera, una mujer indígena con tapabocas y rodeada de humo, mirando fijamente a la cámara entre los disturbios, tomada en Cotopaxi por el fotógrafo David Díaz Arcos; y los vídeos en varias ciudades de Chile, donde el toque de queda impuesto es desafiado con la emblemática canción de Víctor Jara, “El derecho de vivir en Paz”, la cual suena a todo volumen en sus calles. Ante esto, solo podemos expresar que:

¡Viva Latinoamérica unida y en resistencia!






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